Los bebés nacen cubiertos de una especie de grasa blanca, parecida al queso
cremoso o a la manteca: el vérnix caseoso. Consiste en una mezcla de
secreciones grasas procedentes de las glándulas sebáceas fetales y de células
muertas que se van desprendiendo de la epidermis fetal. El vérnix recubre la
superficie del bebé durante el tercer trimestre de gestación, y cumple numerosas
funciones beneficiosas para el bebé en su etapa intrauterina y en su adaptación
a la vida extrauterina.
Uno de los procedimientos habituales en muchos hospitales es bañar
inmediatamente al recién nacido, o limpiar su piel vigorosamente. Esta práctica
procede de la creencia de que el vérnix es algo “sucio”, un desecho del proceso
del parto que, como la sangre, las heces, el meconio o el líquido amniótico, se
debe retirar y eliminar, para presentarle a la madre un bebé “limpio”, a veces
incluso vestido, repeinado y bañado en colonia infantil.
Entre otros investigadores, el Dr. Hoath y sus colaboradores del Skin
Sciences Institute, Cincinnati Children’s Hospital Medical Center (Instituto de Ciencias de la Piel de Cincinnati, Estados Unidos),
han estudiado la composición y las propiedades del vérnix, así como su función
en la adaptación del recién nacido a la vida extrauterina y a un entorno seco.
Hoath, que lleva más de una década estudiando la piel de los recién nacidos,
considera que, en lugar de tratar el vérnix como un desecho, deberíamos apreciar
sus cualidades únicas, ya que se trata de un limpiador natural de la piel,
además de una sustancia protectora frente a las infecciones, antioxidante y con
propiedades curativas frente a posibles heridas. Por todo ello, Hoath aconseja
que, en vez de limpiar para quitar el vérnix, se extienda suavemente por toda la
piel del bebé, que lo absorberá de forma natural.
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